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La aparición de la Corona

Miércoles 25 de Agosto, 2010
En la noche de 6 junio de 1992 más de dos mil personas se congregaban en una reducida franja de monte de la isla de Tenerife para presenciar con sus propios ojos lo que durante meses les había sido anunciado: la aparición de la mismísima Virgen María. Curiosidad, fe y desconfianza convivieron en una singular velada en la que no faltaron los fenómenos extraños, un encuentro que llevaría a su punto álgido una historia fascinante que merece ser recordada…
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Dieciocho años después de aquellos hechos, centenares de personas continúan asegurando haber sido testigos de lo sobrenatural en torno a la llamada Fuente de Pedro, un enclave ubicado en las inmediaciones del monte de la Corona, en el municipio tinerfeño de Los Realejos. Este escenario, como en tantas presuntas apariciones marianas, es un entorno natural que encuentra en la citada fuente, una gruta-galería de la que antaño se extraía agua, el improvisado altar en el que se centraron los fenómenos en la madrugada del 6 al 7 de junio del año 1992. Desde entonces, aquel espacio que ya albergaba historias de presencias y apariciones de siluetas o formas humanas sólidas con aspecto monacal, se ha convertido en un lugar de culto y ofrenda a la Virgen, “aparecida” bajo las más diversas y contradictorias advocaciones aquella particular noche. Cualquiera que acceda a este rincón comprobará por sí mismo cómo el tiempo no ha desgastado los ánimos de los creyentes, quienes recuerdan las presuntas apariciones marianas con flores, velas, fotografías y otros objetos alegóricos colocados en la galería y en algunos árboles sobre los que se aseguró haber visto aquella manifestación “divina”. Este caso resulta particularmente llamativo y valioso por tratarse de la única aparición mariana ocurrida en las islas en tiempos recientes, adaptada en la inmensa mayoría de sus detalles al fenómeno aparicionista mariano contemporáneo: videntes y mensajes de variado contenido espiritual y terrenal, anuncio anticipado en meses de aparición pública, fenómenos extraños concomitantes que anteceden al principal como observaciones de OVNIs, ángeles, danzas del Sol, etc… y desenlace con una convocatoria pública de seguimiento masivo. Otro hecho que lo convierte en valioso, especialmente desde el punto de vista sociológico, es que tras aquella noche no hay intención de continuidad del grupo que centraba las convocatorias. Es decir, que en apariencia y al menos desde la “cabeza visible” de aquellos hechos, no se alentó el proselitismo evitando en todo momento la constitución de grupos de seguidores, recolectas, construcción de capillas…
La conexión extraterrestre: Divina Swan Lorin
La principal protagonista de este singular caso fue Justina Rodríguez, cubana de nacimiento que llegó a Canarias en los años ochenta. Su vida en apariencia no difería de la de cualquier otra persona; casada y con hijos, formada como profesora de Educación Física, hábil costurera, de carácter amable y cariñosa, buena vecina… salvo por una cuestión: Justina Rodríguez aseguraba ser realmente Divina Swan Lorin, una entidad extraterrestre altamente evolucionada procedente de la galaxia Palacea, la Andrómeda terrestre. Hoy, qué duda cabe, echaríamos a correr en busca de un psiquiatra ante alguien que realizase sin el menor titubeo semejante afirmación, máxime si lo hacen con tan elocuente nombre, o bien reiríamos su testimonio en alguno de los muchos reality shows que socavan la credibilidad de sus participantes. Su currículum anómalo no arrancó por tanto con el episodio de las presuntas apariciones marianas, sino según el relato de la protagonista algunos años antes, cuando ese extraterrestre ocupó el cuerpo de Justina Rodríguez en su Cuba natal para completar una suerte de plan de cambio evolutivo bautizado como “Proyecto de la Pirámide”. De acuerdo con lo que nos contaba, con el consentimiento de Justina y “conservando las huellas humanas que le permiten llevar una vida normal”, aquel ser que tomó “posesión” de su cuerpo en 1981 tenía como misión preparar el camino bajo la orientación de un “Consejo de Ancianos Mayores” de la citada galaxia, para un salto de la humanidad a la cuarta dimensión que tendría lugar en 2000.
No hay espacio para detallar sus actividades y el contenido de las concurridas conferencias que impartía en Tenerife, pero baste señalar que gozaba de un singular carisma y una entrega y bondad innata que la convirtieron en una persona tremendamente querida, tanto por quienes confiaban en la veracidad de sus afirmaciones como entre los que la contemplaban como un “fenómeno” curioso. Durante años y de manera completamente gratuita recibía en su casa semanalmente a centenares de personas, la inmensa mayoría desconocidos, a los que se limitaba a “dar energía” buscando sanarlos a través de “pases energéticos” y la imposición de sus manos dispuestas en “triángulo”, auxiliada por varios voluntarios a las que había enseñado el procedimiento. En esos años pudimos seguir muy de cerca su caso y lo que sucedía en su entorno más inmediato; el denso contenido de sus mensajes, la existencia de material de contenido técnico y científico que supuestamente había sido puesto en manos de personal cualificado que habría avalado su complejidad y, de manera, especial, su preocupación por evitar que en torno a ella se constituyera un grupo de seguidores “oficial” que la contemplarán como líder o guía. En cuanto a su práctica terapéutica vimos de todo: presuntas curaciones, mucho alivio y desde luego, casos en los que todo seguía exactamente igual. No obstante –y a pesar del inesperado giro que daría su historia convirtiéndola si cabe en más rocambolesca e increíble–, en la personalidad de Justina Rodríguez había algo peculiar: su honestidad. Aunque su historia resulta descabellada e increíble para cualquier mente racional, aquella mujer hablaba con convicción de su presunta condición extraterrestre, sin dudas ni fisuras que cuestionasen por un instante la certeza personal que albergaba acerca de su condición y presumible misión.
(continúa la información en ENIGMAS 177).
José Gregorio González
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